Hay una idea muy instalada sobre los dieciocho años de proscripción del peronismo.
Se suele decir que fueron dieciocho años de una única pelea: lograr que Perón volviera.
Es una descripción parcialmente cierta.
Pero quizás no sea la más importante.
Porque si todo hubiera consistido únicamente en traer de regreso a un líder exiliado, el peronismo difícilmente habría sobrevivido a casi dos décadas de persecución, cárceles, fusilamientos, censura y prohibiciones.
Lo que realmente ocurrió fue bastante más profundo.
Mientras el poder creía estar eliminando al peronismo, el peronismo estaba aprendiendo a existir sin el Estado.
Y eso cambió para siempre su naturaleza.
Del partido de gobierno al movimiento nacional
Entre 1945 y 1955 el peronismo había construido una enorme transformación social.
Había ampliado derechos.
Había organizado a los trabajadores.
Había desarrollado un proyecto industrial.
Había incorporado millones de argentinos a la política.
Pero era, fundamentalmente, un movimiento sostenido desde el gobierno.
Después del golpe de 1955 ocurrió algo completamente distinto.
Sin gobierno.
Sin partidos legales.
Sin prensa.
Sin sindicatos plenamente libres.
Sin poder institucional.
El peronismo tuvo que aprender otra forma de hacer política.
Y ese aprendizaje terminó siendo una de sus mayores fortalezas.
La resistencia no fue esperar
Muchas veces imaginamos la Resistencia Peronista como un pueblo esperando que volviera Perón.
Sin embargo ocurrió exactamente lo contrario.
Durante esos años aparecieron nuevas generaciones.
Nuevos dirigentes.
Nuevos sindicatos.
Nuevas formas de organización territorial.
Nuevas expresiones juveniles.
Nuevos intelectuales.
Nuevas experiencias universitarias.
Nuevas estrategias de comunicación.
El peronismo dejó de ser únicamente el gobierno que había sido.
Se convirtió en una identidad política capaz de sobrevivir sin ocupar el Estado.
Ese quizás sea el mayor legado de aquellos dieciocho años.
La consigna era «Vuelve Perón», pero la tarea era mucho más grande
Es verdad que toda esa energía encontraba una síntesis en una consigna.
«Vuelve Perón.»
Pero esa consigna era el símbolo.
No el objetivo completo.
Porque mientras millones reclamaban el regreso del líder, en cada barrio, en cada sindicato, en cada fábrica y en cada universidad se estaba reconstruyendo una cultura política.
Se discutía qué país se quería.
Qué modelo económico defender.
Qué papel debía tener el Estado.
Cómo organizar a los trabajadores.
Cómo recuperar la soberanía nacional.
En otras palabras, el regreso de Perón era inseparable de un proyecto de país.
No era solamente una persona.
Era la representación de un modelo nacional.
Un movimiento más adulto
Por eso el peronismo que volvió en 1973 ya no era el mismo que había gobernado entre 1945 y 1955.
Era mucho más amplio.
Mucho más diverso.
Mucho más complejo.
Había incorporado nuevas generaciones.
Nuevas organizaciones.
Nuevos debates.
Nuevas formas de militancia.
Incluso nuevas contradicciones.
Todo eso era consecuencia de haber dejado de depender exclusivamente del ejercicio del gobierno.
La proscripción terminó convirtiéndose, paradójicamente, en una enorme escuela política.
¿Qué puede enseñarnos ese proceso hoy?
Quizás esa sea la pregunta más importante.
Porque también hoy muchos debates parecen concentrarse exclusivamente en una persona.
En este caso, Cristina Fernández de Kirchner.
Y allí aparece un riesgo parecido al que el propio peronismo supo evitar durante la proscripción.
Confundir el símbolo con la causa.
La verdadera pelea nunca fue solamente por un líder
Si durante aquellos dieciocho años toda la energía hubiera estado destinada únicamente a conseguir el regreso físico de Perón, probablemente el movimiento habría desaparecido.
Lo que permitió su supervivencia fue otra cosa.
La construcción permanente de conciencia política.
La organización social.
La formación de dirigentes.
La defensa de un modelo nacional.
La generación de nuevas mayorías.
Es decir, la construcción del sujeto político que hiciera posible el regreso.
La diferencia es enorme Una sociedad puede movilizarse para defender a una dirigente. Pero eso no garantiza que comprenda el proyecto político que esa dirigente representa. En cambio, cuando una sociedad hace propio un modelo de país, la defensa de sus dirigentes aparece casi naturalmente. Porque entiende que lo que está en discusión es mucho más grande que una persona.
Invertir el orden de las prioridades
Quizás el desafío actual consista justamente en invertir el razonamiento.
No construir un país para defender a Cristina.
Sino construir una mayoría social que vuelva a elegir un proyecto nacional.
Si esa mayoría existe, la reivindicación histórica de Cristina llegará como consecuencia.
No como punto de partida.
La historia ofrece una enseñanza
La proscripción del peronismo demuestra que los grandes movimientos sobreviven cuando logran que sus ideas sean más importantes que sus dirigentes.
Los líderes son imprescindibles.
Pero ninguna conducción puede reemplazar la construcción permanente de conciencia colectiva.
Cuando una causa depende exclusivamente de una persona, esa causa se vuelve frágil.
Cuando una sociedad hace suyo un proyecto histórico, ningún intento de proscripción alcanza para detenerlo.
Una conclusión para debatir
Tal vez la principal enseñanza de aquellos dieciocho años sea que el peronismo no ganó porque Perón volvió.
Perón pudo volver porque durante dieciocho años millones de argentinos siguieron construyendo el movimiento que lo hacía necesario.
Esa diferencia cambia completamente la perspectiva.
Porque entonces la pregunta de nuestro tiempo ya no sería únicamente cómo defender a una dirigente política.
La pregunta sería mucho más desafiante:





