El orden de los que nunca ayudan

Hay nombres que encierran una promesa. «Buenos Vecinos» es uno de ellos. Invita a imaginar personas comprometidas con su barrio, dispuestas a tender una mano cuando un vecino atraviesa una dificultad, a organizar una colecta para una familia que perdió todo en un incendio, a acompañar a un adulto mayor que vive solo o a promover espacios de encuentro donde las diferencias convivan en paz.

Pero cuando la actividad pública de una organización se concentra casi exclusivamente en señalar, denunciar, exponer y perseguir a quienes considera un problema, cabe preguntarse si ese nombre sigue describiendo lo que realmente representa.

Porque ser un buen vecino no consiste en decidir quién merece pertenecer al barrio y quién no. Tampoco en convertir la sospecha en una forma de participación ciudadana. Mucho menos en reemplazar la empatía por el señalamiento permanente.

Los barrios no son comunidades porque todos sean iguales. Son comunidades porque personas distintas aprenden a convivir. La diversidad social, cultural, económica y hasta política no es un defecto del espacio urbano: es su mayor riqueza.

Cuando el diferente deja de ser un vecino para convertirse en un enemigo, el barrio comienza a perder aquello que lo hace humano.

 

Existe una diferencia profunda entre reclamar el cumplimiento de la ley y construir una identidad basada en el hostigamiento. La primera fortalece la convivencia democrática; la segunda corre el riesgo de alimentar una lógica donde algunos ciudadanos se arrogan el derecho de clasificar quién pertenece y quién debe ser expulsado del espacio común.

 

La solidaridad no significa justificar el delito ni renunciar al orden. Significa comprender que detrás de muchos conflictos urbanos existen personas, historias y realidades complejas que exigen políticas públicas, asistencia, integración y oportunidades, además de controles cuando correspondan.

Un buen vecino pregunta qué necesita su comunidad para vivir mejor. Un mal vecino busca, antes que nada, identificar a quién responsabilizar por todo aquello que no funciona.

El orden tampoco puede confundirse con la uniformidad. Una ciudad democrática no se construye eliminando las diferencias, sino administrándolas con respeto, diálogo y presencia del Estado. Cuando el orden se transforma en una herramienta para imponer una única forma de habitar el espacio público, deja de ser convivencia y empieza a parecerse demasiado a una hegemonía.

Quizás el verdadero desafío para cualquier organización barrial no sea vigilar a los demás, sino preguntarse cuánto ha contribuido a hacer del barrio un lugar más solidario, más inclusivo y más humano.

Porque un buen vecino no es quien señala con el dedo. Es quien, aun pensando distinto, nunca deja de reconocer al otro como un vecino.

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